Sigo leyendo el cuento de tu boca estropeada
desafiando tus susurros blancos, o tu silencio
del cual depende el desafío de la consistencia
de una verdad abandonada por la ironía de tu mirada.
Tu silencio no es más que una vaca sagrada
que pasta en las tierras los pedazos de sus sueños rotos
o de fantasías rumeantes de un mañana abandonado
cobijado y sustentado en la avaricia de un cuerpo inutil.
Sigo sintiendo el peso bruto de tus sesos olvidados
en aquel rincón donde esparciste la desesperanza
iluminación oscura emanada de tus balas de plata
y del gatillo incendiario de mi lengua atada
y de tu agonizante silencio,
de tu promesa olvidada.
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