sábado, 9 de abril de 2011

Pensar no es otra asignatura puesta en un atril psicotrópico de melodías y notas vacías en el fresco del otoño oxidado de montañas blancas que apuestan por la venida de los Mesias cargados de la sangre de un cordero inocente coagulado por el desierto de las orinas védicas distópicas de los arquetipos intelectuales de un individuo olvidado en un vagón de tren sin carga, sin destino y sin oscilaciones extracurriculares en la ciencia detestable de soportar la lengua irónica y los labios gruesos de mujeres que cantan armoniosas alabanzas a la justicia irreconciliable de la venganza del acero y la muerte.

Junto a la marea he puesto mis circunstancias, junto a la aurora he sellado mi destino, junto a la calavera he bebido mi sangre, junto a mi cerebro he quebrado mi corazón.

El amor delibera el delirio circundante de rebuscar palabras que he olvidado, y el silicio candente de mi esclavitud presiona las piernas de mi ignorancia.

Puedo pensar liberándome del castigo de la razón, de la red contaminada de la moral pútrida, de la cambiante realidad de las cruces podridas de los que cambiaron la fe por la limosna del sexo, y los que cambiaron la mentira dolorosa por falsas verdades relativas, sin saber llorar porque sus ojos han quedado secos después de ver tantas sonrisas repartidas en los cuarteles y en las rebozantes cárceles de la indignidad y la codicia.

Los prados ya no pueden ser verdes, la vida ya no puede nacer bajo la señal de la cruz, y si los dioses han muerto, yo no he sido su asesino, sino su redentor, el salvador innato de la Conciencia Universal, el Ojo que todo lo ve. Verdad de que esto no es cierto, porque la verdad es sólo moral, y la mentira destruye esa verdad oculta en las falacias de un librepensador pasivo, que no activa las neuronas universales ni lucha por iluminar los espacios oscuros ni los corazones rotos.

Si pensar no es amar, entonces haré que mi corazón razone, para vivir con el placebo de la libertad de pensar, y creer que algún día seré feliz, sin ninguna razón. Señalaré con el dedo mi masa encefálica escondida tras mi craneo, antes de liberarme del prejuicio con la pistola de la Emancipación Individual. La revolución es personal, y atravesaré el umbral del cambio de actitud. Seré feliz.

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