Era un recuerdo extraño, de esos en que se supone que rememoras vivencias que nunca tuviste. Visité un parque de diversiones, más bien una especie de granja que quedaba en Rengo entre Los Carrera y Maipú -si, de nuevo esas extrañas calles-. Habían pequeñas casas, de madera y muy rústicas, esparcidas por diferentes lugares de un sitio eriazo, además de galpones improvisados con latas viejas y oxidadas y casas rodantes. Habían murales de color azul de fondo con estrellas doradas, gente que escupía fuego, otros que corrían detrás de cerdos que se revolcaban en el barro, y los clásicos vendedores de pescado que hay frente a ese lugar, lo que daba al lugar una impresión de feria temática. Entré junto a un amigo que desconozco, compramos algodón de azúcar, mientras una voz me susurraba que el comer mucha azúcar era el secreto de la inmortalidad, explicándome la receta, desde como trasquilar la mejor y más pura de las ovejas del campo, a como darle ese toque blando y azucarado a través de la máquina de dulzura. Fue un mágico momento. Caminé hacia el fondo, recorriendo cada una de las pequeñas casas. Primero me recibió un extraño príncipe, vestido de colores plateados, el torso de una armadura, y su pelo era de color rubio. Un tipo bastante fanfarrón que buscaba a su princesa, supuestamente perdida en el lugar. Seguí caminando, habían muchos animales, fogatas, niños divirtiéndose y artistas haciendo sus representaciones. Finalmente, llegué al lugar más alegre de todos: La casa del Tio Lucho.
Recuerdo que el Tio Lucho era una persona muy alegre, tanto los niños como los adultos lo querían mucho. Jugaba con los niños, les contaba historias, les presentaba a los animales, y preparaba suculentos asados para finalizar el día. Era un tipo canoso, de bigotes y gruesos lentes, usaba suspensores, unos sueltos jeans y unas botas cafés. Lo extraño, es que el camino que me llevó a la casa del Tio Lucho era muy lúgubre y tenebroso. Antes estaba lleno de diversiones y sorpresas, era lo mejor de aquel curioso campo. Para llegar a su casa hay que pasar por una especie de laberinto, formado por la distribución desordenada de las casas. Ya se estaba haciendo de noche, lo que provocaba que las sombras le den un tenebroso efecto al lugar. Más aún, en el camino, una extraña mujer gritaba de una forma perturbadora. Me di cuenta que era mitad mujer, mitad ganso, y se movía de un modo desesperante. Cerca de la casa de Tio Lucho, sale de una vieja mediagua una extraña mujer rubia, gorda y con unas espantosas ojeras gritándome maldiciones. Supuestamente era la bruja, que atormentaba a los niños. Sabía que una energía extraña inundaba el lugar. Cuando al fin encuentro a Tio Lucho, fumaba un cigarro frente a una caldera, mirando las rejas que separaban el recinto de la calle, con dirección a Los Carrera, donde había un extraño altar hecho de latas y desperdicios y había una cabra crucificada, pero disecada -lo que de todas formas no hacía menos tenebrosa la situación-. Tio Lucho me saluda, y me comienza a contar el cómo el alegre parque cayó en tanta decadencia. Me habló de rituales misteriosos, de la pérdida de pequeños niños cuando iban a visitarlo a su casa. Luego me llevó a recorrer el lugar, a saludar a viejos actores y personajes, que vestían de magos con capas corroídas, de princesas pero ya ancianas y decrépitas, de bufones y payasos que tenían talento de hacernos llorar, al hombre lobo que descansaba amarrado del cuello con una cadena de oro, y otros tantos viejos amigos de mi infancia.
De pronto, sorpresivamente, me dijo que quería mostrarme algo, y me llevó a la casa de la bruja. Desde la ventana me muestra una familia reunida alrededor de un pentagrama, sentados en sus respectivos asientos y sillones. En las puntas del pentagrama habían velas blancas. La gente vestía como si estuvieran en pleno siglo XIX, un hombre con sombrero de copa y chalequillo negro, que usaba un simpático bigote y un monóculo, fumaba de su pipa sonriendo, mientras otras damas con hermosos vestidos miraban el pentagrama con naturalidad. La antigua bruja aparece en escena, y porta en una bandeja el cuerpo de un menor, el que deposita al medio de la figura, luego la mujer nos mira, y los otros personajes se paran con rapidez. Con Tio Lucho escapamos hasta llegar a su casa, ahí nos encerramos. Por detrás de una ventana mirábamos para ver si estaban cerca. Luego, Tio Lucho abre la puerta, y sale rápidamente. Cuando yo pretendí salir, intentó cerrarme la puerta en la cara y ponerle pestillo. Rápida y enérgicamente lo empujé, y huí del recinto. No volví al lugar en mucho tiempo.
Recuerdo que una vez volví, estaba todo más desolado que la última vez que lo visité. Fui a ver con mi desconocido amigo si estaba Tio Lucho. Me extrañó darme cuenta que no habían más personas, ni siquiera la bruja. Sólo me llamó la atención de que hacia el lado izquierdo del recinto había un moderno pasillo, de color violeta metalizado, que conducía a otros pasillos y hacia el fondo se veía un patio de naranjos. Caminé sin embargo en la otra dirección, donde estaban las casas pequeñas y lo circense. Pasé por el viejo laberinto, olía a humedad y a soledad. Cuando pasé por donde estaba la mujer ganso, “grata” fue la sorpresa de encontrármela, pero ya estaba vieja y se movía mórbidamente. Le pregunté por Tio Lucho, y me dijo que estaba escondido cerca de su casa, donde estaba la vieja cabra crucificada. Seguí caminando, llegué hasta la casa de la bruja. Miro por la ventana, y sólo habían viejas telas arañas, pero no habían señales de ser habitada. Finalmente, llego a la casa de Tio Lucho, él no estaba. Me escondo para observar bien si estaba escondido como dijo la mujer ganso, y no. Caminé con mucho temor hacia donde estaba la cabra crucificada, la que aún se mantenía ahí. Al lado de ella, había un rústico gallinero con tablas quemadas y enmohecidas, y de ahí sale un extraño personaje… era Tio Lucho, que se comportaba como una gallina, en un estado animal que me llenó de espanto. Sólo atiné a correr, mientras un hombre que vestía de la misma manera, pero más viejo y acabado, trataba de correr, saltar y aletear mientras me perseguía.
Así llegué hasta la entrada del laberinto de metales violetas y cerámicos hermosos. Ahí estaba el príncipe, buscando a su princesa, pero ahora vestía de azul. Me preguntó por la princesa, y le quise jugar una broma diciéndole que el bufón -que se asomó desde el fondo del laberinto a ver qué pasaba, y también vestía de azul- fue quien se la llevó. Él fue a discutir con el bufón. Luego aparece el hombre lobo, y me pregunta quién había robado su mujer ganso, a lo que yo le dije que el príncipe. Y comencé a reír al ver como estos extraños discutían. Aparece un nuevo personaje parado al lado de una especie de ascensor. Medía fácilmente más de dos metros, era delgado, de rasgos de adulto joven, pero negro y ondulado, y vistiendo un extraño traje azul metálico, con hombreras triangulares y protuberantes, muy ajustado a la cintura, con botones dorados y estrellas y hasta el piso. Traté de hacerle la misma broma, diciéndole que el príncipe dijo que vestía ridículo, a lo que él se reía solamente. Pronto empezó a reír conmigo, en vez de hacer caso y caer en mis bromas. Luego me dice que se trataba de un fallecido amigo mío, que se había convertido en ángel. Me explicó que todos los que mueren jóvenes pasan a ser ángeles como él, y por eso visten así. Me mostró un cetro extraño, de forma cónica y color azul pero transparente, con una pelota azul en la punta con forma de globo terráqueo, donde se movía un líquido azul viscoso. Me conversó que el mago cuidaba la entrada del “Edificio de la Metafísica” que era la puerta de entrada hacia el camino del otro mundo. Luego de que nos abrazamos amistosamente, le pregunté por qué lucía como un adulto y medía más de dos metros, a lo que me respondió que cuando uno muere se sigue desarrollando y toma formas perfectas. En ese momento volvió a su forma normal súbitamente.
Caminamos por el laberinto, y llegamos al patio de naranjos. Desde ahí se veían las casas del viejo parque de diversiones, y en la mitad del recinto, había un extraño edificio de color violeta, hecho de cerámicos, y vidrios polarizados que tapaban todo su frontis. Era un edificio redondo en su frontis, así como la Torre de Babel, con la misma forma de hecho, como una mastaba escalonada, y en su punta había una extraña antena que podía tocar las nubes. Fácilmente debe haber medido quinientos metros, ya que me tenía que echar para atrás para ver su punta. Me invitó a subir. Ahí me di cuenta que vestía un terno negro a rayas, una camisa blanca, y una delgada corbata negra mal puesta, que dejaba que se vieran los huesos de mi pecho. Lucía de forma muy delgada y el pelo desordenado. Lo se porque me reflejé en los vidrios. El Mago nos da la entrada, nos pasa unos tickets, y nos adentramos en el lugar.
El hall del edificio tenía forma redonda y en su pared izquierda -porque la derecha eran vidrios polarizados- en vez de puertas habían muchos ascensores. Caminaba mucha gente para todos lados, con formas antropomórficas, o con extraños atuendos y formas de hablar. Deduje que muchos eran extraños seres o simplemente estaban muertos. De todas maneras le pregunté, y me dijo que muchos eran ángeles, otros eran demonios, y otros eran simplemente humanos en búsqueda de la redención. Que ese edificio era como el purgatorio, y todo ser humano que quiera alcanzar lo divino debe encontrar su camino a través de los ascensores, y que de todas maneras, todos los caminos llevan al mismo lugar, pero unos demoran menos y otros más, y que para eso había que resolver los acertijos, ya que los botones traían pequeños símbolos que hay que resolver en base a nuestras vivencias terrenas.
Antes de subir al ascensor, miro por la ventana. Se veía calle Los Carrera, con los buses y los comerciantes de siempre, como si nada pasara. Me aventuré en ese momento a subir. Mi amigo presiona el número 7, mi número favorito y de la suerte. Era un ascensor normal, con un gran espejo. Comienzan a subir seres extraños que saludan a mi amigo, además de otros viejos conocidos, que extrañamente están vivos.
Conversamos muchas cosas, desde sus experiencias post mortem, de si podía sentir el frio que hemos sentido los vivos por estos días de julio, si extrañaba a su familia y amigos, además de recordar buenos momentos y reír un poco.
Luego, cuando llegamos al piso 7, subimos a otro ascensor que tenía una forma extraña. Ahí es donde por primera vez vi símbolos en vez de números, y presiona uno que parecía una especie de hamburguesa, o de nave extraterrestre doble, es decir, dos semicírculos con un círculo al medio. El ascensor siguió subiendo, y era una ascensor un poco más ancho. Ahí le pregunté si podíamos alterar la realidad, si era posible viajar al pasado. Me dijo que si, que era posible. Entonces yo le pregunté qué pasaría si desde el presente se alterara la realidad, por ejemplo, que en vez de haber recibido una nave para su cumpleaños haya recibido un ticket para ir a la nieve o una invitación a hacer trekking. Él me respondió que ese tipo de cosas no se puede evitar, ya que tu destino se forja en base a tus gustos e intereses, y él le tenía más interés a la nave que a cualquier otra cosa en ese momento. Que además esa forma de navegar que lo llevó a la muerte era su pasión, entonces al existir pasión, todo se vuelve inevitable.
Llegamos finalmente a un piso muy alto, donde se podían ver las nubes. Subimos a otro ascensor. Me hace apretar un botón. Este ascensor era extraño, ya que era muy ancho y de forma irregular, no era un cubo ni un paralelepípedo, sino un hexagrama muy deforme, compacto en algunas aristas y muy ancho en otras. Ahí es donde comienza a lamer mi corbata y mi camisa, en un ritual extraño que me perturbó. Lo detuve y le pregunté qué estaba haciendo, a lo que me dijo que es una parte del viaje que es inevitable, que estaba tratando de estampar los recuerdos que viví al momento de despertar. Ahí comprendí que estaba durmiendo, y se me ocurrieron varias preguntas. Como por ejemplo, si era posible que él pudiera saber el futuro, o cuando me voy a morir, o si era posible que él volviera a la vida…
¡Bah, que imprudencia, que falta de respeto! Era muy seguro que pudiera leer mis pensamientos. Luego me aventuré a preguntarle la primera pregunta, es decir, si es posible que él sepa el futuro, suponiendo que por eso me había contactado. Pero cuando iba a preguntar sentí que él tenía algo importante que decirme. Iba a preguntar de todos modos… pero él solamente murmuró “Los Ángeles”.
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